Luisa Kuliok: una vida llena de personajes

La actriz repasa momentos y personas que la marcaron. Entre ellos, una abuela cuya mano nunca dejará de sentir.

“Todavía siento el latido de la mano de mi abuela cuando me llevaba caminando a danzas, frente a la Plaza Arenales, en Devoto, enfrente de la estación. Tenía 6 o 7 años. Mi abuela se llamaba Cecilia. Recuerdo el mate de leche con ella. Su enorme ternura. La adoraba”, dice la actriz Luisa Kuliok, sentada a la mesa de un bar. Entre ruidos de copas, máquina de café y mozos que van y vienen, el susurro de la actriz es tan sólido que se impone. Imposible no escuchar o no entender, en su mirada, la marca que le dejó la abuela materna con la que se crió.

Casa familiar con abuelos. También estaba Natán, su abuelo, que le jugaba. Apenas había nacido Paola, su hermana cinco años menor. “Mi abuelo trabajaba con el alquitrán y hacía como que me corría mientras me gritaba ‘te voy a poner alquitrán en el tujes. Yo me reía mucho”. Padre trabajador, de los que apenas llegaban a fin de mes como técnico electrónico. “Hasta que lo contrató la Philips”, recuerda Kuliok sobre ese cambio que permitió camioneta y conocer, a sus 9 años, el mar. Madre joven: “a los 14 ella ya trabajaba”, elogia. Y agrega que había estudiado en la vieja Academia Pitman. Hacía corte y confección. Aprendizaje que aplicó para que Luisa luzca ropas made in casa en los concursos del Club Fénix. “Ganaba todos los premios”, se ríe. “Todo eso nutrió muchísimo mi infancia. Fui muy feliz”.

Foto: Sebastían Naón

Recorriste un camino largo y en los últimos tiempos te diste el gusto de trabajar junto a tu marido,  Roberto Romano (médico y actor), en la obra Juana vive.

Hasta da pudor decirlo, pero era un largo sueño concretar algo en el escenario con él. Estamos agradecidos a la vida. Habíamos hecho dos funciones de Juana vive en el 2019, en el teatro Roma, de Avellaneda, pero vino la pandemia y se canceló. Había una idea de recorrer el país con la obra. Ahora se dio la posibilidad de hacer funciones en homenaje a Juana (Azurduy) en el Mes de la mujer, y homenajear a todas las mujeres, aquellas que también en silencio hicieron la revolución.

Nuestro encuentro coincide con el 8 de marzo. No es una fecha más. ¿Qué te sugiere desde lo que hacés como actriz?

En el teatro puedo hacer un homenaje a Juana y a esas mujeres silenciadas durante siglos, víctimas de un patriarcado tremendo. Afortunadamente hay hombres que se han deconstruido, que entienden que los seres humanos no estamos definidos sólo por los genitales. Estoy y comparto el espíritu de esos movimientos tan importantes, como el que se movió para que se sancionara la Ley del aborto. Son temas que me tienen muy comprometida.

Hace décadas que estás comprometida con causas sociales. ¿De dónde te viene eso?

Creo que la gran salvación del ser humano es saber que siempre habrá algo para semillar. Supongo que mi defensa de lo público, de lo justo, viene de mi casa. Siempre fuimos muy presentes en lo comunitario. En comunidad se construye y en comunidad nos salvamos. Eso no sólo viene de la educación, si no de los ancestros.

¿Qué podés decir de esos, tus ancestros?

Mi madre quiso ser actriz pero en sus tiempos no había dinero. Depositó mucho de ese deseo en mí, que soy la hija mayor. También está el ámbito, que te va construyendo sin que te diga que tenés que hacer tal o cual cosa. Nunca me enajené con las luces de colores. Además, acercarse al arte, ya sea música o actuación, ayuda a sostenerte, por ejemplo, en estos momentos difíciles del mundo.

NUEVA VIDA

El empleo de su padre en la Philips no sólo fue la llave de acceso al sueldo fijo para la casa sino también al auto usado. También significó la posibilidad de mudarse a una casa sin los abuelos. Una planta baja en Villa del Parque. Tres habitaciones, cocina, patio, recuerda Luisa. A sus 17 volvieron a mudarse. “Mi papá no quería comprar una casa. Tal vez hubiese podido, pero prefería alquilar. Decía que no quería invertir en una casa. Entonces siempre alquilamos”, explica. 

A sus 22 se casó con Roberto. Un año antes había debutado en Tiempo de vivir (1976), dirigida por Agustín Alezzo. Una Argentina por demás oscura. Siguieron más y más trabajos. Teatro, televisión, cine. Premios. “Cosas buenas, cosas malas. Cosas lindas, cosas feas. Hay que hacer un gran trabajo para sostener el equilibrio entre lo bueno y lo malo. Un poquito pa’acá, otro poco pa’allá”, suelta.

Foto: Alejandra López

¿Cómo recordás los años 70?

Muy dolorosos. Tuvimos la suerte de que no hubo nadie pegado en nuestro entorno. Éramos jóvenes comprometidos con los tiempos pero no éramos militantes. Recuerdo que una noche se llevaron detenido a mi marido de un bar por tener barba. Cuando dijo que era médico, otorrinolaringólogo, lo largaron. Pero lo podrían haber dejado adentro. Lo que se dice siempre, eso de “algo habrán hecho”, era una construcción de los medios. Eran tiempos sórdidos, en los que no se sabía bien qué pasaba. Es más, recuerdo que en los 80 viajamos a ver a gente que se había ido. En la casa de Ana Frank, en Amsterdam, exponían fotos de los campos de concentración de Argentina. Todo junto a las fotos de los campos de concentración nazis. Fue durísimo. Hoy sabemos lo que fue la dictadura.

En los 80 volvió la democracia, había esperanza y te hiciste popular con la televisión.

Lo primero importante que hice fue a fines del 82, 83, Amor gitano, con Arnaldo André. Luego Amo y Señor, La extraña dama. Tendría 27 años, por ahí.

TIEMPOS DIFÍCILES

¿Cómo ves al mundo en general?

En el mundo ya no hay derecha sino ultraderecha. No hay términos medios. Uno puede pensar en derechas que defendían al país, que defendían a sus tierras. Hoy lo único que existe es el propio beneficio de los grandes poderes, del poder real. Pero mientras no cambiemos la Justicia será imposible cambiar eso. Hay intereses que no tienen en cuenta al país ni a la comunidad más que para cuestiones personales. Nosotros comemos, pero pienso en la pobreza, en la deuda que tendremos que pagar y que ahora quieren indultar a quienes la tomaron porque la Justicia está como está. Pero no hay que dejar de construir ni de confiar en que la política debe ser mejorada, porque es la herramienta que tenemos para mejorar. Todo esto me tiene triste. Estoy triste por el país, pero no quiere decir que estoy deprimida, sino consciente de la realidad. Voy a seguir trabajando aunque sea con mi parte. Todas las personas tenemos un lugarcito para trabajar, para construir comunidad.

Fuiste atacada por defender tus ideas. ¿En qué medida te afectó eso?

No me afectan las críticas. Me criticaron cuando leí lo del 1 F (marcha contra la Corte Suprema de Justicia) con Cristina Banegas. Aparecieron los trolls. Sé lo que son. No puedo darle entidad a alguien que no tiene entidad. En las redes insultan, basurean. Al mismo tiempo otros me defendían. Pero a las redes no les tengo confianza. Las uso para acercarme a la gente, para cosas de trabajo y para acompañar cosas de Derechos Humanos, Abuelas, Madres. Pero en líneas generales son un espacio inmundo, aunque podría ser muy bueno. No le puedo dar entidad confiable a las redes, ni siquiera cuando te ponderan mucho. Todo es ambiguo en una red; es una gran creación tecnológica con la que hay que estar muy atentos. 

Es paradójico, porque lo que debería servir para informarse termina por desinformar.

Así es, son desinformativas. Te van instalando una idea en todos los espacios económicos de poder que tienen determinados sectores. Mucha gente cree que la deuda la tomó el gobierno actual y no es así: es responsabilidad del anterior. Hay que deconstruir, pero no tenemos el poder que tienen los grandes medios. Da tristeza el sentido de injusticia, pero también potencia para que uno haga acciones que busquen la claridad. 

¿Te sentís querida por la gente en general?

Me siento muy querida. Siento el cariño de la gente. El bullying que me hicieron fue de gente que no era mi gente porque no tenía altura en su crítica. Siento que hay una memoria conmigo. La gente me habla de La extraña dama como si la hubiese hecho hace seis años. Es una serie que ha marcado a las familias. ¡La veían todos! He sido bendita por la vida en ese sentido.

¿Cuántas veces por día te preguntan por Amo y señor, Arnaldo André o La extraña dama?

Ja ja. Me preguntan siempre. Pero no me molesta, es mi historia. El derecho a preguntar siempre está. Si hay respeto. 

La entrevista podría terminar en el punto anterior. Pero no. Hay un último detalle: un recuerdo que a Luisa, ya más grande, la marcó. Tiene que ver con esa abuela que la llevaba de la mano por las calles de Devoto. Luisa ya era una mujer casada y era conocida. Son los años 80 y Amo y señor es la novela que miran todos. La protagoniza junto a Arnaldo André. Cachetazos y besos. Otros tiempos. Y otros tiempos de televisores: pesados, enormes, con tubo. A su abuela Cecilia se le acaba de romper el tubo de la tele. Pero le anda el volúmen. Funciona como una radio. Le sirve para poner un noticiero y, sin imagen, escuchar a su nieta en una entrevista. Esa nieta, ya madre, ya abuela, nos dice: “Ese día me pudo escuchar en una nota en la que dije que me dejaba el apellido. Después me contó mi mamá que mi abuela se emocionó y dijo ‘Luisita se dejó el apellido’. Soy una emergente clarísima de lo que fue mi familia materna”.