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viernes, 05 de septiembre de 2008
 
 
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El Ángel del Silencio, por Maria Eugenia Pereyra (cuento)
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—Gracias. Por favor, lléveme a toda velocidad al parque cementerio Jardines de Paz —respondo antes de cerrar la puerta. Curioso, es rojo. No había conocido uno así en la ciudad.

—¿Quiere un cigarrillo? Lo noto nervioso.

Acepto el ofrecimiento. Me tranquilizo al expeler la primera bocanada de humo, siento que vuelo en este carro. El chofer es amistoso, su charla es agradable… Lleva un tapabocas, explica su alergia. De repente voy contándole lo de mi frasco, él me aconseja qué hacer. Llega hasta adentro del cementerio, trato de cancelar la carrera pero no recibe el dinero, sólo dice que me dé prisa. Al bajarme, atisbo el auto negro. ¡Qué estúpido soy, debe ser otro!

Aunque trastornado, busco la tumba. ¡Demonios! Era aquí en el sector C, sin embargo no la encuentro. No pude haberme equivocado, conozco el cementerio igual que  la palma de mi mano. Sí, creo que es aquella… ¡Diantre! No puede ser… ¡Ahí está el Ángel del Silencio!

Es la escultura, aunque parece más pequeña, del tamaño de una persona. ¡La tenían preparada! En tan corto tiempo no se haría una similar a ésa, ni creo que la vendan en ninguna parte. Sí, la tenían lista, porque en la base hay una inscripción… ¡Porquería de lentes, no leo bien! ¿Qué dice? “Juan Pablo Luna Soto. Enero de 1970 - Marzo de 2007”. ¡Diablos! ¡El tipo era de mi edad! Esto es raro, ¿llevaría largo tiempo enfermo? Ni siquiera han bajado aún el cajón y está entreabierto. ¡Maldición! ¡Se dieron cuenta! No hay nadie cerca, debo buscarlo ya. Vaya cubierta tan pesada la de este ataúd… Lo conseguí.

Ángel del Sueño, por M. C. CarperAlguien me llama. Escucho a mis espaldas una dulce voz:

 —Juan Pablo, Juan Pablo…

Increíble, pero detrás de mí está mi amado Ángel del Silencio, su túnica blanca ondea en la brisa de la tarde, el Sol del ocaso le imprime un esplendor rosado a su figura, una sonrisa ilumina su bello rostro.

—Entra allí —me indica, señalando el ataúd con su mano derecha.

Lo miro, sonrío, obedezco. Abro bien el féretro y, sosteniendo su tapa, me siento sobre el muerto sin dejar de mirar al Ángel. Me invade una infinita paz, jamás había experimentado algo así.
 
 
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